Me
puse a caminar un tanto desorientada, sentí una inquietante lentitud en mis
piernas, como suele pasar en los sueños, a veces. Claro, te das cuenta solo al
despertar.
Estabas
casi de espaldas, porque podía ver ligeramente tu perfil, tu lindo perfil.
Estabas estacionado, sentado sobre una bicicleta negra, un tanto vieja, con un
pie sobre un pedal y el otro en el suelo, como quien lo utiliza para
equilibrarse, como quien utiliza el pie como un freno. Tenías el cabello corto,
abundante barba negra y brillante por los últimos rayos del sol de esa tarde… absolutamente
desconocida para mí. Sí, eras tú, al borde de un río, tan apuesto. Te veías con
tanto estilo que me excitaba a lo lejos.
Fumabas
un cigarro, mirabas delante de ti como buscando a alguien, parecías ansioso. Me
iba acercando e iba sintiendo como si hubiera
una fiesta en mis entrañas, cada paso que daba el volumen aumentaba y la bulla
era cada vez más fuerte, sentía música dentro de mí. Y me gustaba, mis pasos se
iban volviendo torpes, nerviosos, inexactos pero seguía caminando hacia a ti.
Botabas el humo, mirabas al suelo, mirabas al río, mirabas tu pie que era el
freno, también mirabas atrás pero lo hacías tan rápido que ni me veías, no
mirabas hacia atrás en realidad, era solo un afán de angustia. Era ansia.
Y al
fin llegué y me acerqué, y grité: Frank!!!!!!!!!!! Grité casi en tu cara, cerca
de tu nariz. Sí, más cerca de tu nariz que de tu boca. Yo estaba tan contenta,
tan apasionada, tan satisfecha… hasta que… luego de ver solo lo que me dejaba
ver la emoción, pude notar tu rostro, todo el… estabas un tanto molesto, fumaste
la última piteada del pucho y lo botaste bruscamente, lo pisaste y lo pateaste,
y enseguida dijiste (con un tono más o menos alto): “Puta, qué manera de
demorarte ah…” Y yo, lejos de la cercana exaltación que había sentido al verte,
desconcertada dije: Qué…?
Y
desperté, ahí acabó mi sueño.