Llegué. Entré al salón
marrón con dificultad. Todo brillaba demasiado. Sentí temblor en mis piernas,
ligeros movimientos intentando traicionarme. El aire parecía no entrar bien a
mis pulmones. Yo vacilaba y me enrojecía. Mi densa saliva interrumpía mi fluidez.
Las literas estaban húmedas y aún habían gotas intactas en los cristales. El
tiempo se había detenido en ese espacio, en ese único lugar. Vi transcurrir la vida en un solo lugar. Me agrieté, me
confundí, me sacudí y entré en transición. Dejé de temblar.
Un anciano bailaba con la lengua afuera. Todos reían. Yo sonreí...
Mi padre jugaba con las cenizas de su cigarrillo con el afán de distraerse un poco, mientras la mirada tormentosa de mi madre lo amenazaba con esos dos ojos, uno más grande que el otro, para que la sacara a bailar. Nunca lo hizo. Yo reí...
Señalaste un pómulo mío, resaltaste su tono rojizo y me hundí. Ella me miraba discreta pero inquieta, y escondía sus retorcidos dientes bajo la manga de su saco. Pensé que era una mujer muy desatinada por usar saco en tanto calor... ustedes saben, las luces, las velas, el tumulto, el humo... las hornillas encendidas, el vapor... pero el ladrido del Chusco bloqueó toda mi intención de buscarle una respuesta coherente. La olvidé.
Shirley bailaba, sosteniendo su panza como si fuera a caerse, acariciando sus laterales, invadida por la emoción, ella echó a llorar y Elvis le besaba los cabellos. Volví a sonreír, casi casi con una sensación ridícula.
El muchacho español, andrógino, junto a su hermano mayor, también español y mucho más andrógino, era como las gotas en las literas.
Me aburrí. Cerré mis ojos y te vi, eras tú palpitando entre tanta blancura con tonos azulinos, eras tú, tan breve pero profundo, tan subjetivo... tajante, tan fríamente cálido... Eras tú, temblando. Eras tú, mirándome.
Sentí dedos hincando mis hombros, era una clara e incisiva invitación a la realidad... No hice caso, nunca hago caso.
Y heme aquí, eximida, arrullada con mi propio canto, perdida en un ramal... aún con los ojos pegados. Deseándote... deseándote tanto.
Un anciano bailaba con la lengua afuera. Todos reían. Yo sonreí...
Mi padre jugaba con las cenizas de su cigarrillo con el afán de distraerse un poco, mientras la mirada tormentosa de mi madre lo amenazaba con esos dos ojos, uno más grande que el otro, para que la sacara a bailar. Nunca lo hizo. Yo reí...
Señalaste un pómulo mío, resaltaste su tono rojizo y me hundí. Ella me miraba discreta pero inquieta, y escondía sus retorcidos dientes bajo la manga de su saco. Pensé que era una mujer muy desatinada por usar saco en tanto calor... ustedes saben, las luces, las velas, el tumulto, el humo... las hornillas encendidas, el vapor... pero el ladrido del Chusco bloqueó toda mi intención de buscarle una respuesta coherente. La olvidé.
Shirley bailaba, sosteniendo su panza como si fuera a caerse, acariciando sus laterales, invadida por la emoción, ella echó a llorar y Elvis le besaba los cabellos. Volví a sonreír, casi casi con una sensación ridícula.
El muchacho español, andrógino, junto a su hermano mayor, también español y mucho más andrógino, era como las gotas en las literas.
Me aburrí. Cerré mis ojos y te vi, eras tú palpitando entre tanta blancura con tonos azulinos, eras tú, tan breve pero profundo, tan subjetivo... tajante, tan fríamente cálido... Eras tú, temblando. Eras tú, mirándome.
Sentí dedos hincando mis hombros, era una clara e incisiva invitación a la realidad... No hice caso, nunca hago caso.
Y heme aquí, eximida, arrullada con mi propio canto, perdida en un ramal... aún con los ojos pegados. Deseándote... deseándote tanto.
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